Actuaron desde las primeras horas del diluvio
Labor de rescatistas redujo cifra de víctimas
Eran las 16 hs del sábado 22 de febrero, el barrio de Ringuelet estaba desolado. A lo lejos se divisaba un puente, los semáforos funcionaban sin que ningún vehículo los cruzara, las casas bajas parecían una pintura, todo se veía quieto. De fondo y débilmente se escuchaba la bocina del tren que pasaba. El sol golpeaba alguna que otra casa de alto y en algún lugar había dos personas que darían testimonio de lo ocurrido ese 2 de abril trágico e inolvidable.
Labor de rescatistas redujo cifra de víctimas
Eran las 16 hs del sábado 22 de febrero, el barrio de Ringuelet estaba desolado. A lo lejos se divisaba un puente, los semáforos funcionaban sin que ningún vehículo los cruzara, las casas bajas parecían una pintura, todo se veía quieto. De fondo y débilmente se escuchaba la bocina del tren que pasaba. El sol golpeaba alguna que otra casa de alto y en algún lugar había dos personas que darían testimonio de lo ocurrido ese 2 de abril trágico e inolvidable.
Un panorama totalmente devastado habitó las calles de la ciudad,
transformadas en ríos, personas atrapadas, evacuados y viviendas con hasta dos
metros de agua, eran algunas de las escenas que se vieron el 2 de abril.
En el medio de la tristeza y el drama, están las historias. Las de aquellos
que fueron gravemente afectados, otros que lo vivieron pero no les tocó en
primera persona y también los que ayudaron y rescataron. Tal es el caso de
Gustavo Javier De Luca, peluquero que tiene su local en la esquina de 7 y 514,
que aún con el dolor latente relata lo que ocurrió aquella jornada: “Empezó a
llover y me fui a la casa de mi viejo. Lo primero que hice fue agarrar un gomón
que él tiene porque es pescador, salí con un amigo y mi cuñado. Las calles eran
cualquier cosa, el arroyo se había desbordado. Encontramos a una familia cerca
de las vías, una pareja con un bebé recién nacido. Los subimos al gomón y
los llevamos hasta la estación de servicio de 7 y 511, que se había
transformado en un centro de evacuados. En el camino veía que andaban dos o
tres gomones más”. También agregó que “pasaban las horas y notaba que el agua
no corría, estaba estancada y recién cerca del mediodía empezó a bajar como si
hubiesen sacado un tapón”, con un gesto de asombro.
Otros de los testimonios fue el del rescatista Juan Pablo Ruiz Villondo,
apodado El Brujo. Tiene un polirrubro, en 7 entre 513 y 514 y se presenta
mostrando diarios de esa época donde aparece junto a su kayak en el diario El
Día y en el diario La Nación. Contó que ya había sufrido una inundación en 2008
en El Rincón, Villa Elisa, donde el agua le había llegado hasta el techo y
estuvo en una canoa toda la noche. Sobre la inundación del 2 de abril expresó
“Vi que el agua no bajaba, fui a buscar a mi viejo que vive a la vuelta de mi
casa y con uno de mis hermanos lo llevamos a la casa de mi otro hermano que no
se había inundado. Cuando volví, salí en el kayak y con una soga a sacar gente.
Siento que fue algo sobrenatural, no entiendo cómo hice para estar tantas horas
remando, hacía mucho frío. Exactamente no
recuerdo a cuántas personas ayudé, sé que fueron muchas. Gente mayor,
chicas embarazadas, bebés y nenes chiquitos. Los subía y los llevaba a la
delegación. Era muy desesperante, escuché gritos toda la noche de gente que pedía
ayuda. El agua estaba estancada, veía pasar chapas, autos, troncos, entre otras
cosas. Arranqué a las diez de la noche y tuve que parar a las dos de la tarde
del día siguiente porque tenía hipotermia, pero yo quería seguir”, concluyó
todavía apenado por no haber podido ayudar a más vecinos.
Gracias a la fundamental labor de personas como Gustavo y Juan Pablo,
Ringuelet hoy no lamenta un mayor número de víctimas.
Juan Pablo recuerda uno de los momentos del rescate
Integrantes: Silvia Ricardo, Patricio Barbieri, Julio Arroyave, Agustina Correa

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